Me despierto al lado de un charco de semen y sangre. Las sábanas todas revueltas. El aire de la habitación todavía destilando sexo.
Estoy solo.
Miro el reloj. Por costumbre, simplemente. Las agujas siguen ahí, estáticas, marcando las once cincuenta y nueve de la noche; aunque el sol ya haya salido.
El dolor de cabeza es insoportable. Quizá debería dejar de esnifar y tomar tanto… Mejor me busco unas aspirinas en la cocina. Las tomo. Abro las ventanas… Parece que la mina del pronóstico le acertó: estuvieron lloviendo ángeles anoche. Hace falta estar al borde del fin del mundo para que estos tipos le acierten al clima… Las calles están tapizadas de una masa sanguinolenta de plumas blancas. ¿Hace cuánto ya que los pájaros empezaron a suicidarse? ¿Fue antes o después que decidiéramos parar los relojes?
¿Hace cuánto ya que detuvimos el tiempo? Que pregunta tan estúpida la mía.
Me miro en el espejo del baño y veo algunas arrugas que no estaban ahí cuando todo esto empezó; cuando se impuso la anarquía moral.
Moral, moral… algo me dijeron anoche sobre la moral. Sí. Ya sé: una mina (¿Euge se llamaba?) dijo que todo esto no tenía nada que ver con la falta de moral. “Estás equivocado. No es porque todo se esté terminando. No es por eso que andamos garchando como conejos. No. Todos creen estar disfrutando de lo que queda. Un último momento de felicidad antes del final. Decimos que un mundo a punto de terminar no necesita moral, sino placer. Pero esas no son más que boludeces que usamos para esconder la verdad.” Siguió hablando, pero no la escuché. Estaba con el billete de un dólar esnifando coca del orto de otra de las minas. (¿Cuántos habremos sido anoche?) Entonces se largó a llorar y se fue corriendo. Una lástima Euge… ¡La verdad que estabas buena!
Pero ahora, con el dolor de cabeza alejándose, me dispongo a pensar. La resaca de cuarta siempre me pega así… Y, como ya no se consigue alcohol de verdad, me despierto todo los días pensando…
Quizá Euge tenga razón. Puede que estemos tratando de esconder algo en medio de tanta orgía descontrolada. Nosotros, los que creemos que somos unos capos; nosotros, los que no nos tiramos de los balcones, ni nos cueteamos la cabeza; nosotros, los que sobrevivimos en un mundo sin leyes; nosotros, los que no somos como nuestros viejos; nosotros que… ¡estamos cagados hasta las patas!
Má, Pá, puede que ustedes hayan tenido mucho más huevos que yo. Por eso le dijeron chau a todo. Antes que el descontrol fuera moneda corriente.
Pero, ¡que hijos de puta! Me dejaron a mí atrás. Ni se les ocurrió preguntarme si quería irme con ustedes. No. Murieron agarrados de la mano. Juntos. Metidos en el auto. Viajando muy lejos sin moverse del garaje. El motor encendido y el dióxido de carbono llevándoselos para el otro lado. Que forros que son…
Y ahora yo trato, igual que todos los que quedamos, de hacer lo que hicieron ustedes. Pretendemos desafiar el “nacemos solos, morimos solos.” Porque nos da cagazo que sea así. Queremos asegurarnos de estar con alguien más cuando a algún hijo de puta, o algún kamikaze del orto, se le ocurra darle cuerda a su reloj y acabe con todo. Deseamos que esa pija o esa concha sin nombre se vaya con nosotros…
Suspiro…
Euge, ¿es esto lo que tratabas de decirme anoche?
Euge, ¿sabías que, hace como una semana, un loco de mierda salió a la calle gritando “No pasa nada, no pasa nada… Pónganle pilas a sus relojes que no pasa nada”? Y, mientras yo acababa en un orgasmo como pocos, escuché el disparo…
Me voy a la habitación y le doy cuerda al reloj de mi mesita de luz. Tres vueltas, con eso alcanza y sobra.
Tic, tac. Tic, tac.
Ese sonido que creí haber olvidado.
Cincuenta segundos.
¿Y qué pasaría si el loco ese tenía razón? ¿Y si el mundo sigue igual? ¿Qué pasaría si tanta gente se mató al pedo?
Cuarenta segundos.
Puede que nosotros hayamos impuesto el apocalipsis cuando éste nunca existió. Solo una excusa para el caos.
Treinta segundos.
Voy al garaje. El auto sigue ahí. Y ellos también…
Veinte segundos.
Euge, si este es el fin, si cuando las agujas marquen las doce el mundo se terminase; espero que estés acompañada por alguien. Alguien de verdad.
Diez segundos.
Chau Euge, chau todas, fue un gusto haberlas cogido.
Cinco segundos.
La verdad es que nuestro intento por morir acompañados, no es más que una gran mentira. En medio de una orgía es donde más solos estamos.
Un segundo.
Nada…
Les agarro las huesudas manos a papá y a mamá.
Enciendo el motor.
Respiro.
Canto, como cuando era chico, Vamos de paseo… En un auto feo… Pero no me importa… Porque llevo…

No hay comentarios:
Publicar un comentario